
La decisión del Gobierno de la Nación de recortar los servicios básicos de nuestro estado del bienestar y protección universal, no sólo hace recaer sobre los menos favorecidos las consecuencias de la crisis, sino que nos distancia aún más de los países más civilizados.
Según la OCDE, el gasto sanitario público en España es del 7% de nuestro PIB, similar al de Eslovenia, muy lejos del Reino Unido (8,2%), Alemania (8,9%), Francia (9,2%) o Dinamarca (9,8%).
El recorte en el Sistema Nacional de Salud lleva consigo un paso atrás en el esfuerzo secular de España de parecer un país desarrollado. La sanidad universal y gratuita hace a un país próspero y garantiza a sus ciudadanos una mejor salud.
Si tuviéramos que tener en cuenta el gasto total sanitario, tanto público como privado, todos los países de la Unión Europea gastan más que nuestra nación a excepción de Italia, Luxemburgo y Finlandia. Si ahora somos los cuartos por la cola, el gabinete conservador de Rajoy nos llevará a segunda división en un abrir y cerrar de ojos.
Las actividades asistenciales de la sanidad pública española gozan de una descentralización intensa que, hasta ahora, ha garantizado un mejor acceso del paciente a la asistencia y a la prevención. Desde la Ley General de Sanidad de 1986 los esfuerzos han sido considerables y los éxitos evidentes.
Porque que exista una mejor, más dotada y más eficiente sanidad pública garantiza, no sólo la universalidad, sino que la sanidad privada tenga que competir con esfuerzo y dedicación ofertando un producto o servicio diferenciado. Todo ataque, pues, al Sistema Nacional de Salud, es un seria agresión a la salud de todos.
Para mayor abundamiento, el porcentaje de sanidad pública sobre el total del gasto sanitario es en España del 74%, lejos del 77% de Francia, el 84% del Reino Unido o del 85% de Dinamarca. Todos ellas naciones muy desarrolladas que apenas discuten si la provisión ha de ser más pública o más privada.
Las decisiones de un gobierno conservador, de una ministra incompetente, de un paradigma caduco tardoliberal, no sólo nos deja solos frente a la enfermedad, sino que nos separa aún más de Europa.
